Palabras

Son solo golpes de aire
no cincelan la piedra
no marcan a fuego piel alguna,
apenas salen viajan y se extiguen,
son vaho en el cristal,
onda en el agua.
Aquel que las pronuncia no dispara,
son blandos proyectiles con ventosa
que apenas juegan a salvar distancias.
Y no mojan, ni nutren, ni calientan,
te llegan y resbalan y se caen,
no hacen ni charco entre los pies
y los papeles.
Solo las salva escasamente a veces
esa dulce blandura de las pieles
dejándose horadar por los afectos
que penetran, que abonan, que fecundan
y que se vuelven vísceras y sangre.
Aquí se quedan a vivir contigo.
Son la mirada puesta en pie
que te regalo.

T. Galindo ©

Maristas

La tristeza monótona vertía
la lenta cantinela de oraciones,
espaldas a rayas blanquiazules,
los ásperos cogotes despeinados
y el horizonte negro donde pastan
los rebaños de ceros su potencia.
La lenta cantinela en la ventana
de goterones gordos como moscas
y el zumbido atroz, impenitente,
de números, de nombres y de historias
que pasaron, o no, por un pasado
escrito, decidido, adjudicado
a estos santos inocentes quietos,
a rayas blanquiazules, ignorantes
de que la lluvia cala en las espaldas,
la lluvia negra de pizarra triste,
con palotes de tiza destinados
a las retinas dulces que se ofrecen.
Qué dolor de arañar en los pupitres,
qué temor en las ingles y los dientes
un chirrido de puerta que se cierra,
un sabor como de algo que se oxida,
pero dentro, una víscera metálica
que descubres tener, o que te nace.
La lenta cantinela que se instala
decolorando las mejillas tersas,
agrisando los brillos de los ojos
como lluvia de brea, como el humo,
no de las chimeneas, de pistola
de balazo en la sien, como la tinta.
Y en medio del horror y los silencios,
los chirridos de tiza y el sollozo
de no se sabe quién en una esquina,
del olor a la orina y los sudores,
y del tedio y el miedo de la mano,
en medio del asedio a las conciencias
a mano armada de autoridad y dioses,
un mirar de reojo a la ventana
y ver que, al otro lado, hay primavera.

   T. Galindo ©

Competencia desleal (drama doméstico)

 

Él Mira, cariño, hemos recibido un mensaje de spam en el correo con un catálogo de un sexop ¿necesitamos algo?

Ella – Huy, así­ de repente no se me ocurre ¿trae algo interesante, cielo?

Él Un momento que miro, dulzura. A ver, a ver… Hay mordazas, fustas, anillos peneanos, bolas chinas, estimuladores del punto G, conjuntos de dos penes para doble inserción, y este que describen como gran novedad: de luxe, king-size.

Ella- Oh, cielo, ¿no es excesivo su tamaño?

Él Pero piensa, mi bien, que está dotado de luz interna, al objeto de divertir y alegrar los momentos de intimidad en la oscuridad. Así­ que si al llegar a casa, de noche, no aciertas a introducir el llaví­n en la cerradura sólo has de sacar el vibrador del bolso e iluminar el zaguán con él.

Ella- Eso, pastelito mí­o, en el supuesto caso de que me cupiera en el bolso. Aunque sin duda este juguete harí­a de mí­ una mujer más llena, dudo mucho que pudiera transportarlo sin que asomara vergonzantemente un extremo de él, lo que sin duda provocarí­a más de un comentario malintencionado.

Él ¡Maldita sea!

Ella- ¡Amor mí­o, qué te produce tal enojo?

Él Que he leí­do las especificaciones de este adminí­culo y no estoy a su altura, mi bien. Me examino a mí­ mismo, deseoso de provocar en ti los más sublimes gozos, y no doy la talla que te proporciona en cambio la moderna ingenierí­a.

Ella- ¡Oh, esposo mí­o amantí­simo, cómo puede ser eso!

Él Porque, oh dolor, prenda adorada, por más que lo intento no vibro y roto. Incluso pruebo con la mano ¿ves? y o vibro, o roto, pero no ambos movimientos de vez. Y eso con la mano. Probé con el pie y me dio calambre. Sin duda alguna no puedo competir con las prestaciones que te brinda este revolucionario aparato.

Ella- Querido mí­o, no te dejes cegar por el brillo aparente pero intrascendente de lo ultimí­simo. Tú siempre serás para mí­ el hombro en que apoyarme.

Él Hermosa mí­a, no sabes cómo me reconfortan tus amables palabras.

Ella- Y celebro mucho, cónyuge adorado, que, preocupado como estás por colmar mis modestos y esporádicos deseos, hayas pensado en mi satisfacción al ver este lujoso vibrador SAUSAGE SAUCE, con Vibración, Rotación y Excitador de Clí­toris. La tecnologí­a más revolucionaria, se une esta vez al material más avanzado de todos los tiempos. Se trata del Sausage Sauce, el primer vibrador Loveclone, que monta un motor multi rí­tmico Technobeat. Gracias a sus dos potentes motores independientes, este pene es capaz de rotar hacia ambos lados, además podrás graduar el ritmo de la intensidad en el momento que desees. Su excitador de clí­toris, en forma de una cabeza de un salvaje tiburón, te demostrará la potencia que puede llegar a desarrollar y podrás controlar las diferentes posiciones de intensidad para que lo domes a tu gusto. Utiliza 4 pilas LR 6 (no incluidas).

Él Y dime, amada mí­a.

Ella- Qué, mi amor.

Él ¿Y monta claras?

El nefando crimen de las mandarinas.

Expdte. G-2332/2003 Indagaciones preliminares. Homicidio en la persona de Paví­a Huéscar, Ginés. Autora Céspedes Cantano, Dulcidia, esposa de la ví­ctima.

Informe de los Agentes de la Policí­a Municipal C691 y H654 de patrulla en el coche Z-32.

Personados los agentes C691 y H654 en el domicilio conyugal de los citados, tras haber recibido llamada telefónica del vecino de planta de los mismos Ávarez Matute, Cosme, alertado por unas voces primero de pelea y luego de duelo en el piso frontero al suyo. Este vecino nos informa de que aproximadamente a las once de la noche, encontrándose dormido, es despertado por ruido de gritos procedentes de la casa de los vecinos, entre estos gritos dice destaca la voz de Dulcidia C.C. quien profiere amenazas a su marido de diversa hí­ndole clase, entre ellas distingue las siguientes: “Hijoputa te voy a arrancar los huevos”, “Cabrón esta me la vas a pagar, os mato a ti y a esa pelángana” (desconociendo los agentes y el vecino el significado de “pelángana”, reflejamos aquí­ la palabra tal como parece sonar por si fuera de relevancia para el esclarecimiento de los hechos), “Te voy a meter las putas mandarinas por el culo y a esa por el coño”, “A esa traidora le voy a sacar los ojos y a ti, a ti te mato primero” “Cabrón”, “Hijo de siete leches”, etc, y otras de la misma hí­ndole clase. Que del mismo modo, dice el vecino Cosme A.M. oí­a replicar a la ví­ctima con voz ahogada y apenas ahudible “No es lo que tu te piensas Dulci”, “Te juro que no ha pasado nada”, y que después oyó un golpe violento, como cuando se rompe un cántaro, pero más fuerte, y un silencio, y que después la vecina Dulcidia C.C. se puso a llorar y a gritar “Hay Dios mí­o que lo he matado”, a continuación y siguiendo llorando “Haora voy a por tí­ perra, haora voy y te rajo como a éste” y que entonces, asustado, llamó al 092 dando parte.
Llamámos a la puerta de los actores, 3º Dcha, de donde se puede oí­r un sollozo entrecortado, identificándonos como Agentes de Policí­a, y nos abre la propia Dulcidia C.C. en bata y llorando, al tiempo que nos presenta las manos y nos pide que la llevemos presa diciéndonos que ha matado a su marido, y que la sujetemos o va ha matar también a una mujer a la que denomina “esa guarra”, y que posteriormente identificaremos como Engracia Cespedes Pujalte, prima de la autora. La requerimos para que nos muestre el paradero de su marido y nos conduce al dormitorio conyugal donde hayamos a la ví­ctima, este está tendido en el suelo al pie de la cama, en posición de “decúbito prono”, con la rodilla izquierda doblada y el pie izquierdo sobre la cama, comprobamos que efectivamente parece muerto y llamamos al Sr. Juez y al Grupo de Homicidios, sin más tocar ni alterar el escenario del crí­men.

Una postura

Hoy he venido aquí, serenamente,
a decir que me voy, que nunca estuve,
que habité de verdad en una nube
y miraba hacia abajo indiferente.

Que nunca me importó nada la gente,
de su bien y su mal siempre me abstuve,
desde allí arriba yo me vi querube,
inmune a sus asuntos, diferente.

Donde todos buscaban compañía
yo solo vi rebaño o vi jauría.
Nunca lloré si decretaban llanto,
nunca reí cuando la multitud reía.
Pero si nunca le encontré el encanto…
¿por qué al marcharme lo lamento tanto?

T. Galindo ©

Ninguna diferencia

No bajó ningún dedo místico
a imprimirnos en la frente la señal.
Si te cruzas en la acera con uno de nosotros
no advertirás nada que nos diferencie.
Creerás tener enfrente un funcionario,
una maestra de primaria, un empleado de banca
sin las alas en los pies de Hermes
ni un aura romántica.
Pero si te fijas bien
verás que nos siguen pájaros,
que si uno de nosotros se sienta, pongo por caso,
en la terracita de un bar,
no tarda en verse rodeado de gorriones
que se posan en el respaldo de la silla
y, con extraña familiaridad, nos roban los cacahuetes
y andan entre nuestros pies
desanudándonos los zapatos los muy pícaros.
Lo tengo yo muy visto y me ha costado más de un tropiezo,
por eso llevo sandalias.
Si nos ves en pareja, nada de particular,
como cualquiera dos que vayan de la mano,
ya sabes, esa estampa tan vista en los parques,
dos amantes retozando sobre el césped
(esto antes lo impedía la policía de las buenas costumbres)
pero ahora es corriente ver las manos de uno entre los pechos de otra
y la de otra entre los muslos de él,
en fin,
que no pueden esperarse,
y se besan ardorosamente, locamente, tremendamente,
con lenguas de cachorrillos babosos,
delante de ese árbol y se dicen
mira, el corazón con nuestros nombres ahí arriba,
cómo ha subido,
en los cincuenta años que hace que lo grabamos,
y se van, metiéndose mano, eso sí:
la que no llevan con el bastón.
Lo tengo yo muy visto y me ha costado más de un tropiezo
lo de fijarme en los viejos amantes de los parques.
Esa muchacha en el autobús no te parecería distinta a ninguna otra,
si la siguieras por la acera no encontrarías diferencias,
su falda volandera,
su andar a saltitos, como los niños, pero más grácil,
su blusa florida
y se para en el semáforo como todas,
como todos.
Pero fíjate bien,
sí, en su pelo ¿ves?
su melena se mueve,
tiene vida
tiene su propio viento,
está en la fila y solo a ella le mece el aire los cabellos,
los lleva como un agua,
como una ola invisible,
las demás son como estatuas,
ella está viva, aleteante,
le ves palpitar el corazón bajo las flores de la blusa.
Lo tengo yo muy visto y me ha costado más de un tropiezo
con los bordillos cegarme en ese escote.
Y si van cuatro o cinco y cuchichean
discuten animados, beben vino, comen queso, fuman,
como cualquier grupito, dirás, que sabadea
y levantan la voz, ríen, niegan y perjuran.
Si te acercas oirás seguramente
el tema que les tiene belicosos:
¿nuestras medulas arderán tan gloriosamente?
¿nuestras cenizas aún tendrán sentido?
Lo tengo yo muy discutido y me ha costado más de una noche en vela.
Por lo demás, como ves,
ningún estigma hay sobre las frentes,
todo lo más alguna cara de ensimismamiento en la cola del pan,
algún levitar, muy leve, sobre los pasos de cebra,
alguna sonrisa imposiblemente giocondana en una niña sabia,
…nada que nos confunda con los ángeles.

T. Galindo ©